Crónica de una noche.

Desperté a las 3:00 a.m. y ya no conseguí dormir. Más bien dormité, despertando cada diez, quince minutos al movimiento de las cobijas, a la luz colada por el marco de la ventana, al viento gélido que hacía quejarse al edificio. Estuve quieta, sin angustia, sin levantarme al rincón donde me gusta estar, arrumbada sintiéndo lástima por mi insomne ser. Me quedé en la cama, con mi dolorcito de espalda persistente, con los pies en posición de plié, con el peso de las cobijas encima, com mi mano bajo la cabeza, atrofiada por la falta de circulación, con los ojos semicerrados. Me invadieron canciones pop, terribles, de pesadilla. Luego me invadieron las ideas de pequeños bichos que he de encontrarme a finales de febrero en Costa Rica. Intenté usar mi poder mental para acelerar el tiempo a la semana próxima en que estaré en tierra natal. Recordé a las mascotas que han desfilado por mi vida: el conejo, las tortugas, la cabra, los perros, los pericos… me imaginé adoptando un perro aquí. Descarté la idea por milésima vez. A menos treinta grados no se antoja salir a pasear a un perro en domingo a las siete de la mañana. Caso cerrado. No, no me gustan los gatos.

Pensé en mis tres películas preferidas con Paul Giamatti, pensé que me gustaría ver Sideways otra vez. Me roban las cobijas cada noche, las tengo que recuperar con suavidad. Me levanté unos minutos y me asome por la ventana. La soledad de esas horas es intensa. En especial cuando parece tierra lunar, desnivelada, apelmazada y los carros se ven apilados, como si hubiera pasado un tornado, los hubiera revuelto en el aire para luego lanzarlos como dados en las calles. Vuelvo a la cama. Me quedo inmóvil. No miro el reloj. Diez minutos después lo miro. Cuento las horas. Tierra natal, tierra natal y su sol, fiel como siempre.

Es de mañana. El copiloto se ve hermoso. 

Yo no tanto.